viernes, 26 de julio de 2013

DISPOSITIVO HISTÓRICO PARA ASAMBLEAS POPULARES DE BASE QUE SE PROPONEN DESARROLLAR SU PODER CONSTITUYENTE




1
Proyecto general y objetivo principal


El objetivo último y más trascendental de las bases y asambleas populares debe ser siempre desarrollar sus capacidades colectivas para

a) diagnosticar claramente los problemas que las afectan,
b) acordar en conjunto soluciones para esos problemas, y
c) acumular el poder necesario para imponer esas soluciones por sí mismas.

Si esas tres capacidades se desarrollan, entonces las bases y asambleas populares están en condiciones de actuar con soberanía. La ‘soberanía’ no es, por eso, sólo un ‘derecho inalienable’ de los ciudadanos y del pueblo: es y debe ser siempre un ejercicio efectivo de poder. Pues ¿de qué sirve tener derechos si no se tiene poder?

Por eso, las bases y asambleas populares no deben concentrarse en, ni acostumbrarse sólo a pedir y protestar, o sólo a marchar y desfilar (por ese camino se obtiene del Estado sólo migajas), sino en educarse a sí mismas para ser soberanos, para ser capaces de reunir y/o crear los recursos necesarios para imponer soluciones concretas. Pues nadie nos va a enseñar a ser soberanos. Nadie.

Por tanto, debemos auto-educarnos. Y este proceso de auto-educación no es ni puede ser sólo un aprendizaje teórico, sino, al mismo tiempo, también, práctico. Es decir: se aprende mejor a ser soberanos haciendo cosas por nosotros mismos, en lo local, en lo pequeño, allí donde nos conocemos, donde somos más y donde somos más fuertes.

Porque, para cambiar la realidad, no es necesario empezar tomando por asalto las grandes estructuras nacionales o mundiales, sino las bases locales de esas estructuras, aquellas que están instaladas en nuestro propio territorio, valle, barrio, caleta o población. Si comenzamos a controlar o a administrar de modo creciente las bases locales de las grandes estructuras ¿en qué se van a sostener esas grandes estructuras?

Mediante una auto-educación permanente vamos a ir conociendo mejor nuestro territorio, los recursos que contiene, los procesos productivos y comerciales que sostiene, quién es quién en él, también a nosotros mismos como portadores de capacidades que, si se integran y se combinan unas con otras, dispondríamos de un poder de realización cada vez mayor.

Porque la idea es aumentar siempre nuestra cultura soberana. Siempre. Todos los días. Porque así, y sólo así, seremos capaces de controlar, influir y/o dominar no sólo los procesos locales, sino también – si nos asociamos con otras bases y asambleas populares vecinas y coterráneas – los procesos provinciales y regionales. Debemos tratar de ensanchar poco a poco, pero siempre, nuestros ejercicios prácticos de poder.

Si vamos haciendo eso insistentemente, pacientemente, estaremos impulsando un proceso socio-cultural de desarrollo del poder popular, retomando un proceso que comenzó allá por los años ‘70s, en tiempo de Allende (“¡crear, crear, poder popular1”). Reanudaremos la tarea inconclusa de desarrollar conscientemente nuestra soberanía. En la que el ‘poder popular’ es, ante todo y sobre todo, esencialmente, el mismo proceso de autoeducación y desarrollo. Los grandes movimientos socio-culturales y los procesos históricos de desarrollo soberano del pueblo son armas políticas de largo alcance, de difícil control y represión por parte de los gobiernos de turno.

Los gobiernos tienden a ponerse en guardia y a reprimir las masas en la calle, y a las organizaciones que anuncian a voz en cuello lo que se proponen. En esto han acumulado, durante siglos, una gran maestría. Pero no tienen la misma eficiencia en detener, controlar o reprimir los procesos socio-culturales del pueblo y la ciudadanía (¿Han podido detener, por ejemplo, el torrente de desprestigio que ha afectado a los partidos políticos y a los políticos mismos? ¿Han podido detener la autonomía creciente que se observa en los movimientos ciudadanos recientes?).

Si trabajamos para desarrollar un proceso de ese tipo (sin correr ni precipitarse), se llegará a un momento en que nos daremos cuenta que, haciendo eso, hemos logrado construir, en nosotros mismos (nuestras bases y asambleas) un efectivo poder constituyente. Y que, por disponer ya de él, podemos, por nosotros mismos, convocar, organizar y controlar una genuina y legítima Asamblea Nacional (Popular) Constituyente.

Porque ése es, en definitiva, el objetivo último del proceso del que estamos hablando. Si ese objetivo es alcanzado del modo en que aquí se ha esbozado, estaremos en condiciones de cambiar nuestra realidad en la dirección y de la forma en que queremos.


2
El capital social nuestro de cada día


¿Cuáles son los recursos y el capital social inicial con los que contamos para iniciar o avanzar en ese proceso? ¿Cuál es la cuota de poder de la que ya disponemos?

a)      Somos muchos (la mayoría en este país). En nuestro territorio local, hemos sido, somos y seremos siempre más. Y somos, además, diversos: hombres, mujeres y niños; viejos, maduros, jóvenes y “cabros chicos”. Somos, además, múltiples: hay trabajadores de la construcción, obreros, comerciantes, profesores, estudiantes, dueñas de casa, raperos, flaites, bacanes, punks, traficantes, enfermeros, doctores, ferianos, choferes, gásfiters, electricistas, etc. Por esto mismo, tenemos capacidades múltiples. “Le hacemos de todo”. Si nos juntamos todos, para trabajar ‘todos’, por ‘todos’ nosotros, podemos, si queremos, levantar una pequeña ciudad, con escuelas, consultorios, veredas, grifos, casas, etc. Y podemos además, si queremos, administrarla y gobernarla. ¿No somos la clase trabajadora y la verdadera clase productora de este país? ¿Qué serían las ciudades sin nosotros?

b)      Tenemos, además, memoria. Mucha memoria. Memoria social, de nosotros mismos, de cómo hemos llegado a ser lo que somos, de cómo vivimos nosotros y cómo vivieron nuestros padres y nuestros abuelos. Tenemos experiencia de ser pobres, de ser trabajadores, de lograr lo que tenemos por nuestro propio esfuerzo. De cómo se vive endeudado. Y recordamos perfectamente cómo nos tratan y nos han tratado los patrones, los políticos, los militares, lo jueces y la policía. Y de cómo todos ellos han fracasado en desarrollar este país con nosotros dentro. No nos vengan con cuentos, arengas ni discursos demagógicos y electoreros. Nos duele lo que nos duele y sabemos lo que sabemos. Y por eso tenemos que creerle más a nuestra memoria que a los textos escolares o al discurso de los políticos. Tenemos verdades y certezas por montones. Podríamos contar la verdadera historia de Chile.

c)      Tenemos además, cultura social popular. Porque la ‘cultura’ no es más que el cultivo del hombre y de la mujer como ser humano y por la ‘humanidad’ misma. ‘Cultura’ es construir identidad a pulso, como se pueda, con lo poco que hay, lo poco que nos dan y lo mucho que nos cobran. Porque cultura es, por eso mismo, sentimiento, memoria, rabia, capacidad, creatividad, y todo eso que nos lleva a luchar, a cantar, a amar, a estudiar, a levantar utopías de un mundo mejor, etc. Lo que somos, en tanto es producto de nuestra creatividad, perseverancia, lucha y solidaridad, es cultura viva. Por eso los jóvenes nuestros procuran estudiar hasta el más alto nivel, o trabajan en lo que pueden, y si no estudian ni trabajan, crean su propio mundo. Y por eso tenemos rock, punk, rap, música popular a borbotones, talleres culturales locales, talleres de historia local. Nuestros estudiantes ‘usan’ la Universidad para estudiarse a sí mismos, a nosotros mismos, para potenciar la cultura propia y autónoma de la clase popular. Y es cultura nuestra ¿tienen cultura propia nuestras elites dirigentes? ¿O son meros imitadores de algo que ellos nunca han creado?

d)     Tenemos ahora – como nunca antes – ciencias amigas que nos están estudiando en detalle, para beneficio nuestro. Es primera vez en la historia que nuestra memoria y nuestra cultura social tienen, en solidaridad y cooperación, ciencias que apuntan a desarrollar y potenciar, precisamente, esta memoria, esta cultura y, en definitiva, nuestro poder. Antes, en la otra democracia (tiempos de Frei Montalva o Allende Gossens) teníamos ideologías lejanas para tratar de entendernos, interpretarnos y proyectarnos. Algunas venían de Rusia, otras de Alemania, otras de China, otras de Corea del Norte, otras de Viet Nam, otras de Cuba, etc. pero ninguna de Chile mismo. Todas ellas llegaban y se quedaban en forma de libros, y teníamos que memorizarlas como papagayos. Hoy, en cambio, tenemos memoria y cultura social propias y, como se dijo, un haz de ciencias amigas: la Psicología Comunitaria (que ha estudiado el impacto de la dictadura en la juventud de ayer y hoy, o los mecanismos que permiten el desarrollo de organizaciones comunitarias), la Historia Social (que estudia la historia de Chile desde abajo: la clase popular, y desde dentro: del interior del sujeto de carne y hueso), el Trabajo Social (que opera facilitando el diseño y ejecución de proyectos locales de desarrollo) y la Sociología del Desarrollo Local (ídem). No necesitamos más ideologías vulgarizadas: tenemos memoria y ciencia popular propias. Por eso se están creando escuelas populares propias. Y debiéramos aprender a controlar y dirigir todas las escuelas donde se educan nuestros hijos. Si seguimos así, podremos hacerlo.

e)      Tenemos comunidades  crecientemente deliberantes. Como se sabe, para que haya ‘soberanía ciudadana’ se requieren dos requisitos fundamentales: * que la población local (popular) esté asociada con un sentido y una conciencia de comunidad solidaria y vecinal, y ** que esa comunidad delibere sobre los problemas que la afectan y sobre las propuestas que tendrá que imponer para resolverlos. Si no hay comunidades deliberantes, no hay ni puede haber procesos auto-educativos, ni procesos de desarrollo de la soberanía popular. Ni habrá jamás poder popular constituyente. La comunidad de Freirina deliberó para encontrar el curso de acción que terminó por expulsar Agrosuper del valle del Huasco y la táctica para deshacerse del Cuerpo Especial de Carabineros. También lo hicieron antes, de un modo parecido, las comunidades ciudadanas de Magallanes y de Aysén. Son nuestros nuevos “ejemplos de lucha”.

En suma: tenemos un capital socio-cultural de partida, absolutamente nuestro, que no es nada despreciable. Estamos mucho mejor que en la década de 1960, cuando sólo teníamos a nuestro favor una ideología, un partido, y un puñado de dirigentes.


3
Nuestras flaquezas tradicionales


¿Qué tenemos en contra? ¿Qué es lo que nos está frenando o puede frenarnos en el camino?
No podemos ni creer ni pensar que, por lo dicho en la sección anterior (la de nuestras “fortalezas”), somos perfectos, o que no necesitamos nada más para lanzarnos a convocar una Asamblea Constituyente. ¿Cuáles son nuestros déficit y debilidades en relación a los objetivos que nos proponemos?

a)      Tenemos una larga, larguísima (200 años) tradición de marginalidad con relación a las decisiones que se toman en esta sociedad. Como Chile ha sido un país brutalmente centralizado y dominado por una oligarquía compuesta de comerciantes especuladores, políticos profesionales y generales golpistas, no ha habido nunca ningún mecanismo constitucional de participación ciudadana. Solamente nos han dejado el derecho a ‘petición’ y, en el siglo XX, el voto ‘individual’, que no resuelve nada (“si el voto resolviera algo – escribieron los estudiantes en una muralla – entonces estaría prohibido”). El mismo centralismo ha pulverizado las comunidades locales de provincias y regiones. Resultado: somos ‘individuos’ (la mayoría sin comunidades de pertenencia) y con derecho a voto ‘individual’; o sea: somos un agregado de números. Una masa peticionista. Una masa mendicante y, a lo más, protestante. Una masa que necesita que los políticos y el Estado le resuelvan todo. Es cierto que hoy estamos dejando de lado el individualismo y el peticionismo, pero también es cierto que hay muchos chilenos en los cuales todavía pesa dominantemente la ‘cultura de masas’ y el individualismo. Y, por tanto, ese tipo (empobrecido) de conciencia política. Y a muchos les resulta hoy más cómodo marchar, desfilar y protestarle al Estado la solución de nuestros problemas, que pensar, deliberar y resolverlos por nosotros mismos. Y esta cultura ‘de masas’ aparece todavía, de una forma u otra, en nuestras organizaciones gremiales: todavía queda mucho de ella, por ejemplo, en la CUT, en el Colegio de Profesores, entre los trabajadores de la salud, etc. Aquí tenemos un déficit grave, una carga del pasado que nos impide destrabarnos y avanzar en la dirección que el pueblo puede y debe marchar hoy: en el desarrollo de su autonomía. Deshacernos de esta carga es una de las grandes tareas de nuestro ‘proceso de desarrollo’.

b)      Tenemos una tendencia a respetar más la ley que nos han impuesto de modo ilegítimo los generales golpistas, que a hacer valer nuestro poder constituyente y legislativo. Es bueno y saludable respetar las leyes, pero las leyes ‘legítimas’, no las que han sido impuestas por la fuerza y sin participación ciudadana. El Código del Trabajo de 1931, por ejemplo, fue un proyecto capitalista-liberal y fue impuesto por un decreto dictatorial, pero los trabajadores lo respetaron escrupulosamente durante 40 años, hasta 1973. Y ahora están respetando el Código del Trabajo de 1979, que es tan liberal, ilegítimo y dictatorial como el anterior. Las huelgas contra el patrón están bien, son justas en un sentido ‘económico’, pero la lucha de clases no puede ser sólo económica: la abolición inmediata de esos códigos laborales es una cuestión política de urgente ejecución. Y esto último es también, en su forma superior, lucha de clases. Lo mismo se puede decir de las constituciones políticas: ninguna ha sido legítima, ni en ninguna hemos participado nosotros soberanamente. Pero toda nuestra lucha ‘de clases’ del período 1938-1973 la desarrollamos respetando la Constitución liberal e ilegítima de 1925. Y ahora llevamos 30 años de acatamiento de las Constitución liberal e ilegítima de 1980. Y no se trata de jugar a desobedecer la ley por desobedecer la ley, sino de deliberar para proponer e imponer las leyes justas que necesitamos. Tampoco se trata de desgastarnos en protestar contra la ley. Esto no nos ayuda demasiado, y no favorece mucho al desarrollo efectivo del poder popular constituyente y legislativo.

c)      Tenemos otra tendencia peligrosa: nos gusta mucho luchar como individuos y personas para desarrollar una carrera como dirigente, líder, parlamentario y, en definitiva, como  clase política.  Y ‘apernarnos’ en cargos de dirección. En el pasado, muchos militantes no querían otra cosa que ser dirigentes y, al final, políticos de renombre. Y para eso usaban como escalera los cargos de ‘representación’ popular, las direcciones sindicales, las federaciones estudiantiles, los cargos de regidor o alcalde, etc. La tendencia subjetiva a hacer ‘carrera política’ fue el factor principal de la formación de oligarquías dirigentes en la cabeza del movimiento de masas, en la cúpula de los partidos, que además se peleaban entre ellos para alcanzar los cargos supremos: Secretario General del Partido, diputado, senador, ministro, etc. Eso condujo al enquistamiento petrificado de una ‘clase política’ que, al final del día, atiende más a su negocio gremial que a la voluntad soberana del pueblo. Y así termina usurpando la soberanía popular. Es indispensable anular o neutralizar la tendencia compulsiva a la ‘carrera política’, y mantener siempre alerta y viva la soberanía deliberante de la asamblea, permanente la revocación de cualquier cargo representativo, la rotación de los cargos y el enjuiciamiento a los representantes o mandatados del pueblo que no cumplen ni realizan la voluntad popular-ciudadana.

d)     Tenemos también una tendencia a ‘igualarnos’ a los estratos más altos de la sociedad tratando ‘tener’ tantas cosas como ellos, y nos esforzamos por comprar y consumir más por medio de un endeudamiento exagerado. Y la “deuda” (por la casa, por la educación de los niños, por la salud de todos, por el costo de los muebles, los electrodomésticos, el vestuario y por la necesaria entretención) se nos vuelve descomunal y eterna, porque nuestro trabajo es precario, los salarios son bajos y los intereses que nos aplican las grandes tiendas por nuestras compras a crédito son groseramente usureros. Si asumimos la lucha por la igualdad aceptando el trabajo precario, un Código del Trabajo ilegítimo e injusto, y recargándonos con deudas infinitas para parecer que somos iguales en consumo, entonces estamos aceptando la vía de integración que el mismo sistema neoliberal nos está imponiendo, no la lucha revolucionaria nuestra, que empieza por eliminar el trabajo precario y el Código del Trabajo. Porque la igualdad comienza cuando el trabajo estable y el salario justo sean los que nos permitan pagar sin deuda lo que necesitamos. Debemos recordar que, en nuestro modelo neoliberal, es el endeudamiento usurero la fuente principal de la acumulación y el enriquecimiento de las grandes tiendas y las grandes cadenas de supermercados.

e)      Nos queda también una herencia del pasado que nos dificulta desarrollar plenamente nuestro poder ciudadano y popular: la tendencia a plantear nuestros problemas, de inmediato, a nivel nacional, a nivel de ministerio, a nivel de Estado y, por tanto, al nivel abstracto donde opera la Constitución Política, el Código del Trabajo, los partidos, los políticos y la demagogia. O sea: nos acostumbramos a remitir nuestros problemas a ese nivel donde no hemos tenido ni tenemos poder, y donde resuelven otros. A ese nivel donde nuestros problemas, después de 200 años de historia, todavía no se resuelven. Más aun: donde, por acción de ‘esa gente’ y ‘esas leyes’, esos problemas han empeorado. Porque, en el pasado, por ejemplo, desde la Colonia hasta 1973, la educación pública era gratis y gran parte de la privada (religiosa) también. Ahora, en cambio, para pagar la educación de un hijo que llega a la Universidad (promedio: $ 6 millones por una carrera de 4 años) tendríamos que trabajar tres años sin comer y durmiendo en la calle para cancelarla, si es que ganamos el salario mínimo. Y dos años si ganamos el salario ‘ético’. No: no podemos jugarnos la vida en el nivel donde los políticos y las leyes que ellos hacen no están resolviendo ninguno de nuestros problemas mayores. Debemos hacer política, no donde somos débiles (en lo nacional y en el Estado), sino donde somos fuertes (en nuestro territorio). Aquí, donde vivimos y nos juntamos, aquí, donde no nos vienen a contar cuentos, aquí, donde ellos son más débiles. Aquí somos asamblea soberana. Allá somos un número estadístico. Un discursillo populista, demagógico y efímero. Aquí, por tanto, podemos * abrir las escuelas públicas que los alcaldes derechistas cierran para favorecer a las privadas, y administrarlas nosotros mismos (como es el caso de la Escuela de La Florida). * Podemos imponer nuestras condiciones a los centros de salud. * Ordenar el tránsito vehicular según nos convenga. * Construir plazas públicas. * Expulsar las empresas que corrompen el medio ambiente (como en Freirina). * Chantajear las decisiones del Alcalde y los municipios contrarios al pueblo. Y tenemos muchos antecedentes históricos al respecto: * los comandos comunales de 1972, * las Juntas de Abastecimientos y Precios de ese mismo año, * el control obrero de la producción en las fábricas locales o en los centros comerciales locales, * las “escuelas libres” que creó la Federación Obrera de Chile por 1920 en numerosos barrios de la ciudad, * las empresas de servicio a la comunidad (luz, agua, transporte, etc.) administradas por los trabajadores (por las que luchó Luis Emilio Recabarren), * los “diplomados populares” que han estado organizando los pobladores y algunas entidades gremiales, etc. En este plano hay mucho por hacer, y en esto hay que ser creativos e imaginativos. Es el plano, repitamos, donde ellos son débiles. Donde temen – y con razón – que pueden perder su propiedad o la administración de los recursos concretos del territorio. Porque nosotros conocemos al detalle nuestra gente y nuestro territorio. Es nuestra verdadera ‘patria’.

Es preciso deletrear y repasar minuciosamente (la lista puede ser más larga) nuestras debilidades. No podemos, como antes – cuando sólo éramos ‘masa’ –, creernos omnipotentes porque nuestra causa es ‘justa’, porque nuestra lucha es ‘a muerte’, porque creemos con fe absoluta en nuestra ‘utopía’ y en que nuestro ‘líder’ es infalible y nos conducirá a la ‘victoria final’. No. Debemos ser absolutamente claros sobre que no somos omnipotentes, sino un pueblo que tiene debilidades y fortalezas, y que lo que tenemos que hacer es superar esas debilidades y fortalecer esas fortalezas, porque las utopías no resuelven nada, ni la justicia se impone sola, ni los líderes han sido leales o eficientes a nuestra causa, ni hemos vivido nunca una ‘victoria final’. Porque lo que hay que hacer, o lo hacemos nosotros mismos, o nos quedaremos para siempre lamentando nuestra eterna marginalidad. La superación de nuestras debilidades, una por una, es lo único que puede permitirnos construir el poder nuestro de cada día. Ese mismo poder cotidiano que, por ser usado día a día, y aquí y no allá arriba, nos permitirá manejar con propiedad y eficiencia, por nosotros mismos, el poder constituyente que necesitamos.


4
Objetivos y prácticas para el camino


No basta con perfilar el sentido general y el objetivo último de nuestro movimiento histórico (Sección Nº 1 de este texto), ni el balance de nuestras fortalezas (Sección Nº 2), ni de nuestras debilidades (Sección Nº 3): también debemos definir, precisar y practicar los medios, métodos y técnicas de acción que nos permitan ir potenciando el avance neto de nuestro movimiento social conjunto. Para estos efectos se necesita tener claro cuál es la situación actual, en qué posición estamos y cuál es el camino que más conviene tomar para llegar, no lo más pronto posible a la meta, sino con toda seguridad. Teniendo presente que nuestro camino es, sobre todo, el que nosotros construiremos al andar. Porque no es llegar y caminar por las “grandes alamedas” (no existen), sino por las brechas y pasadizos que nosotros mismos vayamos despejando con el ‘poder nuestro de cada día’.

a)      La situación actual se caracteriza por el hecho de que la economía mundial está semi-estancada y el modelo chileno también. Además, porque el modelo político que recubre nuestra economía de mercado (la Constitución de 1980) ha perdido el 80 % de la confianza ciudadana, y los políticos, el 90 %. Por tanto, el sistema dominante nuestro está viviendo una crisis de creciente estancamiento económico y, a la vez, una grave crisis de representación. Sin contar con que nuestro modelo no es industrial ni productivista sino mercantil-especulativo, por lo que es muy débil frente a cualquier crisis mundial. En este contexto, un número creciente de actores sociales se están movilizando con sentido de autonomía política: los estudiantes secundarios y universitarios, las asambleas ciudadanas territoriales de varias localidades y regiones (Magallanes, Aysén, Calama, Freirina, el Huasco en general, Montenegro, Melipilla, etc.), los trabajadores portuarios, los del cobre, los pescadores, los empleados públicos, etc. Se puede decir, por tanto, que, mientras más se deteriora el modelo y se desprestigia la clase política, más se desarrollan los movimientos sociales y la sociedad civil. En conjunto, mirada históricamente, esta situación se puede definir, por tanto, como proclive a un cambio profundo del sistema. Podríamos decir que estamos en una situación pre-revolucionaria. Pero es preciso tener claro que esta situación es radicalmente distinta a la situación pre-revolucionaria del período 1968-1973: hoy no somos ni queremos ser masa, no queremos ser conducidos ni por ideologías foráneas ni por partidos políticos, no tenemos ya que definirnos por la guerra fría, no tenemos ninguna intención de luchar por la igualdad respetando la Constitución vigente, etc. Podríamos decir que la situación revolucionaria de hoy es diametralmente distinta a la de 1970. Hoy dependemos, totalmente, de nosotros mismos, como sujetos, como ciudadanos y como pueblo. Por eso, el episodio del “poder popular” (que quedó enredado y olvidado con el golpe militar de 1973 y en el epílogo de la Unidad Popular) es, para nosotros, exactamente, el punto de partida de nuestra movilización.

b)      Para avanzar en este contexto es necesario, por tanto, en primer lugar, fortalecer nuestro actual poder popular. Durante el gobierno de Salvador Allende, el poder popular consistía en una alianza entre los trabajadores (que controlaban las fábricas) y los pobladores (que controlaban los campamentos y las poblaciones), alianza que se fraguó en las calles (barricadas) como un intento de controlar (no gobernar) un territorio urbano o rural amplio (comunas, sobre todo). Así se llegó a crear más de medio centenar de “comandos comunales”. Pero estos comandos no gobernaban la comuna, porque se suponía que quien debía hacerlo era el Gobierno (Allende) y las autoridades políticas electas. De hecho, la Unidad Popular rechazó la intención de esos comandos de convertirse en gobiernos locales o “asambleas del pueblo”. Hoy día el poder popular no se sustenta en la alianza ‘tácita’ (nunca se discutió la naturaleza política de esa alianza) entre obreros y pobladores para controlar indirectamente una comuna controlando las calles. No. Hoy, cuando no hay allendes ni unidades populares, la alianza se da en un territorio entre todos los habitantes de ese territorio (trabajadores, vecinos, clubes deportivos, pobladores, profesionales, comerciantes, profesores, artesanos, raperos, etc.), en tanto que ‘vecinos’ y en tanto que ‘comunidad’, a efectos de: * imponer su voluntad colectiva a aquellos que están perjudicando a la comunidad, sobre todo deteriorando sus condiciones ambientales de vida (en particular, agotando o contaminando el agua potable y de riego); o bien para * resolver por sí mismos los problemas que les afectan (auto-construcción viviendas, auto-educación libertaria, creatividad cultural, autogestión de cualquier actividad, etc.). El ‘poder popular’ actual es menos simbólico que el antiguo, y más concreto, en el sentido que procura crear y manejar recursos propios para alcanzar sus propios objetivos. Por eso, se trata de multiplicar y potenciar la tendencia de las comunidades locales a deliberar y a resolver problemas por medio de reunirse en asambleas de base. Hoy, mas que nunca, es necesario multiplicar y potenciar el asambleísmo popular (en tiempos de Recabarren, a las asambleas de base se les llamaba “comicios”). La asamblea comunitaria, sobre todo la territorial, es la matriz de donde surge y crece la soberanía popular. Porque de la deliberación comunitaria puede surgir cualquier solución para cualquier problema, y porque la ‘comunidad’ tiene normalmente todas las capacidades para ejecutar lo que se propone. Los ‘gremios’, en cambio, tienen el problema de que, como no tienen territorio propio ni convivencia cotidiana, no tienen una ‘comunidad’ plena, completa, sino una comunidad funcional, reducida a un aspecto fundamental (el contrato de trabajo o de estudio) y, por tanto, gremial. Los diagnósticos que pueden realizar los gremios son normalmente sectoriales (en torno a ‘su contrato’ específico), y sus luchas suelen serlo también, sobre todo negociando con las cúpulas empresariales y estatales (razón por la que generan sobre sí mismos, también, cúpulas dirigenciales). Es necesario, de una parte, que los actores gremiales adopten la práctica de que lo que manda en ellos es y debe ser la ‘asamblea de bases’ y no las cúpulas dirigentes. Al día de hoy, la CUT y el Colegio de Profesores, por ejemplo, no se rigen por el funcionamiento cotidiano y soberano de asambleas de base, sino por cúpulas generalmente adscritas a partidos políticos de vocación legalista y parlamentarista. Es preciso, en este sentido, revolucionar los gremios para que asuman un modo de funcionamiento similar a las asambleas ciudadanas territoriales. Sólo si ese cambio ocurre efectivamente en esos gremios se podrá, como segundo paso, construir alianzas entre todos los actores sociales (territoriales y gremiales), un paso que es indispensable para llegar con fluidez y naturalidad a convocar a una ‘asamblea popular nacional’. Multiplicar la deliberación en asambleas de base es, pues, crear las condiciones para el desarrollo sostenido del ‘nuevo’ poder popular.

c)      No basta, sin embargo, “crear, crear asambleas locales” y “crear, crear poder popular local”. Es preciso, junto con eso, ir diseñando un itinerario de trabajo histórico de las asambleas que vayan surgiendo. *La primera tarea importante de una asamblea popular es preocuparse de los problemas de su propio territorio y deliberar para resolverlos, en cada uno de los ítems que afectan su vida: la salud, la educación, la vivienda, el comercio local, el trabajo, el transporte y el tránsito, la luz y el agua, las áreas verdes, las áreas de deporte, las de entretención, el municipio, la señalética de las calles, la seguridad ciudadana, el tráfico de drogas, la delincuencia, etc. En todas ellas suele haber problemas. Y para todos estos problemas hay soluciones. Y para proponer y ejecutar todas esas soluciones puede y debe estar presente la asamblea local, pues ésta tiene que meterse en todo, con conocimiento, autoridad y capacidad de ejecución. A modo de ejemplo: puede deliberar sobre los problemas que aquejan a las escuelas y liceos públicos (municipales) de su territorio. Deliberando sobre ellos puede proponer soluciones y constituirse en un Consejo Educacional para intervenir en los programas escolares, en imponer los temas y materias que son realmente importantes y útiles para el tipo de niños que van a esos colegios; en la evaluación local de los resultados; en la búsqueda de apoyo técnico de alguna Universidad estatal, etc.). Porque, así como la comunidad debe auto-educarse en soberanía popular, así también los colegios locales pueden y deben hacer lo mismo, y si hay en la comuna una sede universitaria, lo mismo. Porque eso es lo más importante que necesitamos todos aprender, y no sólo ‘aprender’ por aprender, sino a ejecutar y desarrollar la capacidad para hacerlo. Y así como la Asamblea Local puede convertirse en un Consejo Comunal Educativo, también puede convertirse en un Consejo Comunal de Salud. Y así sucesivamente. * La segunda tarea importante de una asamblea local es tomar contacto con las asambleas vecinas, para coordinarse con ellas, para aprender de ellas, para constituir, progresivamente, un “comando comunal” o un “comando inter-comunal” de nuevo tipo, que vaya copando todo el territorio. Pero en disposición de gobernar autónomamente, no como figura decorativa y puramente consultiva, como las viejas “uniones comunales”.

d)     Si las asambleas locales logran constituir Consejos locales influyentes en salud, educación, deportes, transportes, etc. y han logrado coordinarse con asambleas vecinas hasta cubrir un espacio inter-comunal o, incluso, regional, entonces, y sólo entonces, cabe plantearse una tarea mayor: actuar soberanamente sobre las grandes empresas locales o sobre las gobernaciones o intendencias provinciales o regionales. En el Norte de Chile, cerca de 40 municipios se están coordinando y formando un Comando Regional, a efectos de crear y establecer un Fondo de Desarrollo del Norte (FONDENOR) por medio de obligar a las empresas mineras a invertir localmente una fracción significativa de su cuota de ganancia.  El Comando Regional podría administrar o co-administrar ese fondo de acuerdo a los planes de desarrollo que el mismo Comando haya preparado. Es un ejemplo. La asamblea ciudadana de Freirina – otro ejemplo – ha actuado en coordinación con la asamblea de las comunidades diaguitas del Alto Huasco, y con la de Huasco (en la costa), y así coordinadas, han expulsado a la empresa Agrosuper, han detenido los trabajos de la Barrrick Gold y han paralizado la termoeléctrica de Punta Alcalde. El poder de las coordinadoras inter-comunales o regionales de asambleas puede ser suficiente como para, por ejemplo, exigir a los malls y supermercados invertir localmente una porcentaje significativo de sus ganancias en lugar de enviarlas a Santiago y permitir que la central las acumule para invertirlas luego en Argentina, Brasil, Perú, Colombia u otro país (globalizándolas). Las asambleas ciudadanas pueden  boicotear a los malls o a cualquier tienda o empresa que incomode, pueden dejar de comprar ahí, pueden funarlas periódicamente, etc. Después de todo, una economía mercantil de consumo como la de Chile depende de los consumidores. Si éstos deciden no comprar o comprar en otra parte, la economía mercantil cae como un castillo de naipes. Es el consumismo lo que sostiene la economía chilena, o sea, nuestra propensión a comprar. Tenemos aquí un poder tremendo: podemos comprar o no comprar, o comprar en otra parte. Sólo el poder de las asambleas coordinadas puede lograr eso. Pero, para hacer esto y, sobre todo, para administrar los fondos comunales o regionales que así puedan obtenerse, es preciso seguir auto-educándose, en conocer los tipos de mineral que se trabajan, el impacto que su producción genera en el medio ambiente, en qué rubros se puede invertir localmente para generar mayor empleo estable, cómo llevar la contabilidad de los fondos comunales, etc. La auto-educación no se debe detener jamás, y en cada etapa aumenta de grado y nivel. Por eso, a esta altura debe comenzar a crear y administrar sus propios centros de estudio.

e)      Si se ha logrado crear y mantener un cierto número de Comandos Inter-Comunales o Regionales, estaríamos recién en condiciones de plantear la necesidad y posibilidad de establecer una Comando o Asamblea Nacional de Ciudadanos. Es decir: cuando ya tengamos experiencia, conocimiento y cultura en la creación y aplicación de poderes locales, comunales y regionales. Cuando ya sepamos lo que queremos y cuando ya hayamos probado y demostrado la calidad de la propuesta de país que queremos. Cuando seamos capaces de ejercer, también, un poder inter-regional, o sea: nacional. Éste es el momento para que convoquemos nosotros a una Asamblea Constituyente: cuando la sepamos manejar nosotros, para beneficio de todos nosotros. No antes. No a medio camino. Es el único modo para evitar que esa Asamblea no nos sea arrebatada por los de siempre: los políticos, los partidos, los militares o los ricos. Porque no se trata de inventar de inmediato, ahora, un mecanismo leguleyo para realizar, ahora (cuando no estamos preparados), una Asamblea Constituyente. Que se llame a un plebiscito legal, por ejemplo – como algunos proponen – porque lo permite la Constitución de 1980, y que votemos hasta un 80 % a favor de un SI, no resuelve el problema. El apuro no resuelve nada: simplemente estaríamos regalando ‘el proyecto’ para que lo tomen en sus manos los leguleyos y los políticos, y para que hagan sólo una pantomima de asamblea constituyente, como lo han hecho siempre. SIEMPRE. Tenemos que hacer las cosas nosotros, de acuerdo “al tranco del pueblo” (cuando trabaja): lento, pero firme, seguro y bien hecho.

5
Obstáculos y trampas en el camino


Pero el camino es largo: llevamos 56 años acumulando experiencias de poder popular (desde la toma de La Victoria, en 1957), y recién ahora estamos vislumbrando un camino, un itinerario y una “carta de navegación” para llegar a manejar nosotros el poder popular constituyente. Para construir nosotros, por primera vez, el Estado, la Sociedad y el Mercado que realmente necesitamos. Hasta ahora nuestro poder popular ha sido, sobre todo, de supervivencia y de resistencia. Necesitamos, de aquí en adelante, que ese poder sea, también, soberanía y gobierno, desde lo local a lo nacional. Pero el tramo que nos queda es, precisamente, el más difícil – tenemos que producir en nosotros mismos una verdadera ‘revolución cultural’ –, porque es el que requiere mayor auto-educación y creatividad, y el que enfrentará las dificultades, por parte de sus oponentes, más alambicadas, insidiosas y tramposas. Aparte de las dificultades que presentan hoy nuestras propias debilidades (anotadas en la Sección Nº 3), están las que se presentarán en el camino bosquejado en la Sección Nº 4. Y entre estas últimas cabe citar:

a)      En primer lugar, el freno y la oposición que nos presentarán la vieja cultura política parlamentarista (la de los políticos profesionales) y la vieja cultura política de ‘masas en la calle’ (la nuestra, cuando dependíamos de esos políticos). Es un hecho real que, aproximadamente, un 30 % de los chilenos (sobre todo los más viejos) sigue creyendo que la política de los políticos profesionales es la única política posible. Y creen profundamente en las elecciones que dependen de nuestro voto individual. También es cierto que, aproximadamente, otro 20 % sigue creyendo que los movimientos “de masas” que aplauden a los políticos en la calle es la mejor forma de hacer política ‘de Izquierda’. De manera que sólo como un 30 % está comenzando a creer que la única política posible para el pueblo y la ciudadanía es la que se propone manejar el poder constituyente (el que construye el Estado desde abajo). Y hay todavía un 15 o 20 % que no cree en nada. Por tanto: no sólo nosotros tenemos que persuadirnos de que el único camino es recuperar y ejercitar nuestra soberanía popular: tenemos también que convencer al 50 o 60 % restante. Es verdad que los que creen como nosotros aumentan día a día (según una última encuesta, el 64 % cree que es necesario convocar a una Asamblea Constituyente). Pero tenemos que ser una mayoría con poder real, no sólo una mayoría ‘opinante’. Ni tampoco podemos actuar como una minoría furiosa, impaciente  y callejera. O presentando media docena de candidatos a la Presidencia de la República, donde cada uno obtendrá, en promedio, un 4 o 5 % del electorado, para que después de la elección esos candidatos, desgastados por el esfuerzo, vayan al tacho basurero de “lo que pudo ser, y no fue” (como Manfred Mc Neef, Tomás Moulian, Tomás Kirsh, o Sara Larraín). Tenemos que tener conciencia de que el itinerario que estamos trazando, nuestra actual “carta de navegación” histórica, es prácticamente nueva e inédita, pues sólo entre 1823 y 1829 se siguió una ruta similar, y de nuevo entre 1918 y 1925. Estamos abriendo camino donde ya no queda nada de las huellas dejadas por esas experiencias (sólo la Historia Social las ha rescatado). En cambio, la huella dejada por la clase política, los partidos políticos, las ideologías foráneas y las “masas” seguidoras es todavía una huella fresca, pues corresponde originalmente al período l938-1973, y de nuevo, después de 1990. El pasado y la historia reciente nos están jugando y nos seguirán provocando algunos dolores de cabeza. Paciencia. Pero el “tranco del pueblo”, cuando ya reconoce las ventajas de un buen sendero, lo sigue, paso a paso, sin detenerse. Para eso necesitamos, por tanto, sistematizar nuestra memoria, estudiar la nueva Historia Social de Chile, deliberar en la base nuestros problemas e imponer soluciones eficientes a los mismos. Recordemos: estamos enfrentados, primero que nada, a la necesidad de llevar a cabo una revolución cultural.

b)      En segundo lugar, militantes o/y ciudadanos provenientes de esas culturas (la parlamentarista y la de masas) van a salirnos al camino ofreciéndonos diversos mecanismos leguleyos para convocar y realizar una Asamblea Constituyente, alegando que por ese mecanismo se alcanzaría no sólo la legalidad, sino también la “legitimidad” de esa ‘movida’. Cuidado con ellos: son lobos con piel de oveja. Son oportunistas que asumen las banderas y los proyectos del pueblo apoderándose de los conceptos y las formalidades legales, para, en el fondo, licuar el proceso y, mediante esa faramalla, apoderarse de la realización formal de la Asamblea. Eso fue exactamente lo que hizo Arturo Alessandri Palma entre 1924 y 1925: tomó la propuesta del pueblo de realizar una Asamblea Constituyente, ofreció un “mecanismo leguleyo”, por ese mecanismo formó un “comité constituyente” (no una Asamblea), él se instaló en la presidencia del dicho Comité, y terminó él, a gritos, imponiendo la redacción que debía dársele a la Constitución. Y la Constitución de 1925 fue, de nuevo, liberal, exactamente lo contrario de la que había manifestado la voluntad del pueblo y la ciudadanía. La Historia Social desnuda estos hechos y los entrega a nuestra consideración. Por esto, debemos cuidarnos de los nuevos ‘alessandris’ que puedan aparecer en nuestro camino. Porque nuestra apuesta por el poder popular constituyente no está por los “mecanismos leguleyos” ni por los “caudillos iluminados”, sino por el proceso de auto-educación popular y ciudadana que nos enseña a actuar con soberanía, como pueblo. Como poder popular (ver la Sección Nº 1).

c)      Se nos dirá que procesos similares ocurridos en América Latina (en Colombia, Venezuela, Ecuador y Bolivia, sobre todo) han terminado con regímenes caudillistas y graves desórdenes en la economía. Esto, en parte, es cierto. Allí ocurrió lo que no deberíamos permitir que ocurra acá: allá el proceso de desarrollo del poder popular constituyente quedó incompleto. Inconcluso. Hubo un salto muy rápido desde la movilización local de la clase popular a la Asamblea Nacional Constituyente, sin pasar por experiencias intermedias de ejercicios reales de poder popular a nivel local, comunal y regional primero, razón por la que los dirigentes y los políticos ‘completaron’ el proceso por su cuenta, al precio de la personalización y caudillización del movimiento. De ese modo, a través de ese proceso trunco, la clase popular queda de nuevo convertida en un movimiento de masas que sigue y apoya a su caudillo (tipo Chávez), de modo que, si éste muere, se genera una situación de desconcierto y confusión. El riesgo de que el proceso dé un salto para llegar pronto a la realización formal de una Asamblea Constituyente, obviando las etapas en que la clase popular y ciudadana aprende de hecho a ejercer poder real en comunas y regiones, puede llevar a la caudillización, personalización o bien a la oligarquización del movimiento, y esto implica una regresión del movimiento sociocrático a su condición inicial de pasivo movimiento de ‘masas’.

d)     Si la clase popular y ciudadana se moviliza a partir de la potenciación de sus comunidades de base (asambleas locales y regionales) desarrollando su cultura soberana, la * clase política civil (los políticos profesionales) es muy poco o nada lo que pueden hacer para detener ese proceso. Por eso le temen: saben que, si ese proceso culmina, su destino más probable es la cesantía política. En verdad, un movimiento social-ciudadano como el que aquí estamos examinando, no tiene que temer nada serio de la clase política civil: todo lo que ésta pueda hacer se reduce a lo que puede ‘decir’. Pues su poder es sólo su palabra, cuando está respaldada, claro, por un sistema constitucional que han impuesto los militares. El caso de los * empresarios es distinto. Su poder radica en invertir o retirar sus inversiones. Las comunidades locales no están obligadas a quitarles su capital para colectivizarlo todo, pues se les puede asumir y tratar también como si fueran ciudadanos (lo son). Como si fueran (son) partes de la comunidad. Si ellos respetan las necesidades y la voluntad soberana de la comunidad, pueden ser tratados ‘comunitariamente’ y su aporte, en ese sentido, puede ser útil para todos. Porque la voluntad soberana del pueblo, que está basada en la comunidad, puede operar como un ‘co-administrador’ de las empresas productivas, comerciales y financieras privadas que operen dentro del territorio. Puede existir allí la empresa privada, a condición de que una parte ‘justa’ de sus ganancias se invierta en el desarrollo del territorio local o/y regional. Y a condición de que esas empresas operen en ese territorio sin contaminar el medio ambiente, sin agotar los recursos de agua, sin explotar a los trabajadores y sin privilegiar el centralismo económico y político, como tampoco la globalización fanática del capital. No necesitamos empresarios todopoderosos dueños de miles de millones de dólares, de rango mundial, sino empresarios privados de escala comunitaria y regional; o nacional o internacional, pero respetuosos de la soberanía popular comunitaria y asociados a ésta en lo local. Distinto es el caso de las * fuerzas armadas. A decir verdad, éstas son las únicas que pueden detener, por la violencia, el desarrollo del proceso ciudadano de empoderamiento soberano. Su armas modernas y su poder de fuego son incontrarrestables. Atacarlas por eso lado sería un error (que ya se cometió en América Latina entre 1960 y 1990). No pueden ser destruidas a sangre y fuego, y si se pudiera, sería a un altísimo costo. Cabe, por tanto, tratarlas de otro modo, del mismo modo en que se puede y debe tratar a los empresarios: extendiendo sobre ellos la cultura comunitaria y soberana del pueblo. El problema profundo que nos plantean los militares no son sus armas, sino su cabeza, o sea: el tipo de cultura que se ha ido acumulando dentro de sus cerebros, en sus programas de estudio, en la vida cuartelera, en sus concepciones de la estrategia, etc. Es decir: el problema está en cómo ellos se han auto-educado en 200 años de historia chilena y en cómo han sido educados desde 1950 por los estrategas de Estados Unidos, donde les han enseñado “guerra sucia”, o sea: guerra contra sus propios conciudadanos (la llaman “de contra-insurgencia”), que los ha inducido a dar golpes de estado y a aplicar violentas políticas de shock treatment en la economía, en la constitución del Estado y en la organización cultural de la sociedad. De lo que se trata es que la ciudadanía como tal (que es una poderosa comunidad auto-docente) se ponga en campaña para reeducarlos. Para que sean ciudadanos y no golpistas. Para que deliberen junto a nosotros en nuestras asambleas. Para que estudien donde estudian nuestros hijos. Para que formen parte de nuestras comunidades y no de una alianza mundial de ejércitos extranjeros. No podemos aceptar esa cláusula de las constituciones que dice que “el Ejército no delibera, porque es esencialmente obediente”. Al prohibirles deliberar, se les despoja de su condición de ciudadano y se les deja obedeciendo a generales golpistas. Se les deja como un grupo armado al margen de la comunidad  y de la nación, a pesar de que su función es defender, precisamente, la comunidad nacional. Porque, recordemos, la “tropa”, la parte esencial de los ejércitos, está constituida por nuestros hijos. La oficialidad, aunque de otra composición social tal vez, también. Es preciso, pues, convertir nuestra cultura de comunidad soberana en un conjunto de políticas sectoriales dirigidas a re-educar a los políticos, a los empresarios y a los militares. Si no hacemos esto antes y a tiempo, esos actores, juntos y re-asociados más bien que separados, se moverán como un solo hombre contra nosotros. Lo han hecho, no una vez, sino muchas veces, en nuestros 200 años de historia.

e)      No todos los riesgos provendrán de nuestra propia sociedad y del interior de nuestras fronteras. El mundo de hoy, como se sabe, está fuertemente globalizado, y su globalidad está siendo vigilada por una gendarmería armada hasta los dientes. Las llamadas ‘democracias del mundo libre’ (de Occidente), como Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Alemania, Italia, etc. se han aliado y han juntado sus brigadas de asalto (task forces), para intervenir en aquellos países donde se producen materias primas y combustibles que necesitan desesperadamente para una (su) industria que se ha des-materializado (distinta a la industria propiamente manufacturera como la que se ha concentrado en China, India o México), tales como el petróleo, el uranio, el titanio, etc. o, también los grandes recursos de agua potable (como la cuenca del Amazonas). Por eso ocuparon Iraq, atacaron Argelia, presionan a Irán, ocuparon Afganistán y apoyan a Israel para mantener a raya el nacionalismo árabe, y establecen bases militares en Colombia. Ni Rusia ni China pueden evitar que Occidente se haya convertido en una tropa de gendarmes neoliberales. No se puede hacer frente a esa gendarmería armada de drones, cohetes y portaaviones oponiéndoles nuestro “¡patria o muerte!”  La política internacional de los pueblos soberanos es asociarse con otros pueblos soberanos, socialmente, culturalmente, económicamente, sin preocuparse demasiado por lo que hagan los Estados (por ejemplo, Sebastián Piñera se enreda en escaramuzas con Evo Morales, pero eso no debe impedir que el pueblo chileno y el boliviano fraternicen en todos los planos a través de la frontera, allá o acá). Las fronteras trazadas por el capitalismo no pueden separar a los pueblos hermanos. Tanto más si todos estamos luchando por desarrollar la soberanía comunitaria y local. Hoy día el conflicto estratégico mundial enfrenta el mundo globalizado (dominado por el capital financiero y la gendarmería neoliberal) contra las comunidades locales. Y el poder real de éstas está, precisamente, en potenciarse en lo local. La fraternización y cohesión de todas las comunidades locales subregionales y continentales es indispensable para neutralizar los poderes globalizados, sobre todo en el plano social, cultural y económico. No se trata, pues, ni de asociarse a ciegas sin mirar hacia arriba, ni menos en creer con ingenuidad neo-colonialista en los viejos países de Occidente. Ya no pueden ser ni nuestros mentores ni nuestros amigos fraternos. Se sienten acosados por su propia crisis. Están nerviosos y asustados. Por  eso dan zarpazos bélicos mortales. Shocks asesinos. Hay que estar preparados para eludirlos.

f)       Otro riesgo que puede surgirnos en el camino es la competencia entre nosotros mismos, entre comunidad y comunidad, entre asamblea local y asamblea local. El hecho de que cada una de ellas esté centrada, por decirlo así, en su propio ombligo, es altamente probable que tiendan a un cierto egoísmo particularista que debilite la unidad regional o nacional. Si esto ocurriera, nuestro movimiento histórico se convertiría en un caos, y en un anarquismo sin nortes ni futuros. Es preciso tener claro que cada comunidad local, considerada por sí sola, aisladamente, es débil, porque es incompleta: puede tener muchos minerales de cobre, pero no tiene productos agrícolas; puede tener mucha madera, pero no tiene manufacturas; puede tener muchas tierras rojas, de baja productividad, y necesita aprovisionarse fuera; o puede tener un territorio urbano pobre, sin fuentes de trabajo, y necesita enviar su gente a trabajar a otras comunas, etc. Cada comunidad es como una víscera del cuerpo: vive, pero necesita de las otras para suplirse de lo que no tiene. La asociación de las comunidades de base, unas con otras, es un imperativo total; la intercomunicación entre ellas, el intercambio comercial y cultural entre ellas es indispensable. Por eso la formación de coordinaciones o asambleas intercomunales y regionales es una cuestión de vida o muerte. Es esa integración la que permite que los comandos intercomunales o regionales tengan poder efectivo: productivo, comercial, cultural, financiero, etc. El poder político real (nacional) no es otra cosa que la suma integrada de todos esos poderes. Por eso, todas y cada una de las comunidades de base deben desarrollar una voluntad económica, social, cultural y política federativa. La federación de poderes locales es lo que nos da el verdadero poder nacional.

6
Organizando la Asamblea Nacional-Popular Constituyente

Si hemos logrado constituir esos poderes locales, intercomunales y regionales como una entidad federativa real y concreta (aunque ésta no esté todavía formalmente ‘institucionalizada’), entonces, y sólo entonces, estaremos en condiciones de convocar a una Asamblea Nacional (Popular) Constituyente que podamos manejar por nosotros mismos. Con exclusión de las ‘clases’ políticas civil y militar, y con la posibilidad de decidir con sabiduría qué y cuánto podemos conservar de la Constitución anterior, y qué acordar y  establecer en la Constitución nueva para que exprese no sólo nuestro ‘proyecto’ o nuestra ‘voluntad’, sino lo que ya hemos hecho en lo local y lo regional, donde ese proyecto y esa voluntad es, ya, una realidad. Una realidad que no es aun nacional, pero sí local y/o regional. Es así como avanza el ‘tranco del pueblo’: construye la casa de los cimientos hacia arriba, no desde el techo hacia abajo. La Asamblea Constituyente se realiza cuando ya dominamos el arte, la técnica y la política soberana de organizar asambleas y construir socialmente la realidad. La Asamblea no hace sino institucionalizar, poner por escrito como Ley Fundamental, lo que ya sabemos hacer. Lo que para nosotros es, ya, una experiencia.

¿Cómo se organiza y cómo opera una Asamblea Constituyente? ¿Qué nos enseña la Historia Social al respecto?

Que toda Asamblea Nacional-Popular Constituyente, para ser realmente ciudadana, legítima y eficiente, tiene que ser constituida a partir de asambleas populares de base (ojalá inter-comunales o regionales). No se puede elegir una asamblea de ese tipo como cuando se elige un congreso legislativo corriente o el presidente de la República: por voto ‘individual’ y para elegir entre candidatos que  ‘auto-proponen’ su imagen o que los ‘partidos’ proponen. No, porque en una Asamblea Constituyente no se representa la suma azarosa de voluntades individuales sino la voluntad colectiva organizada de las comunidades de base. Y la voluntad colectiva no se expresa por voto individual sino, primeramente, deliberando en la base para elaborar la propuesta que se quiere imponer. Y sólo después que las asambleas de base han deliberado y acordado esa propuesta (o “mandato soberano”) se vota para designar los delegados que van a la Asamblea Constituyente Regional. Y ésta hace lo mismo para designar a los que van a la Asamblea Constituyente Nacional. Es decir: una Asamblea Constituyente Nacional se va construyendo a medida que las asambleas de base van acordando en cadena sus propuestas constituyentes, sus mandatos constituyentes. Se construyen de mandato en mandato, de abajo hacia arriba, de lo local y regional hasta lo nacional. Y se eligen los representantes después de que se ha acordado el mandato. NUNCA ANTES. Lo que vale es el ‘mandato’, que sube de nivel en nivel, siendo deliberado de abajo hacia arriba, no el representante. El representante de ese mandato es una cuestión menor, secundaria, puedes ser tú o tú; pero lo que importa es que existe el ‘mandato’. Porque la tarea de todo representante es ejecutar bien el mandato de su base en el nivel que le corresponde. Porque si no lo hace bien, debe ser revocado de su cargo y juzgado en su comunidad de base. Naturalmente, si en el nivel que le corresponde defender el mandato de su base se acuerda por mayoría un mandato algo distinto al que él llevaba, eso debe entenderse como parte del juego democrático. Distinto es si él, por decisión individual defiende y lucha por algo distinto al mandato que traía, pues en este caso corresponde revocación de sus poderes y juicio y castigo por mala representación.

Durante el período 1823-1828, la ciudadanía deliberó la propuesta constituyente, primero que nada, en asambleas de base (que entonces se llamaron “de los pueblos”) y también en “asambleas provinciales”, antes de hacerlo, a través de sus representantes, en las Asambleas Constituyentes que se reunían en Santiago (la del año  1828 se reunió en Valparaíso, para escapar del patriciado de la capital). Durante el período 1918-1925, la clase popular deliberó también primero en asambleas de base, en las sedes de las sociedades mutuales articuladas en la Federación Obrera de Chile, que estaban emplazadas a todo lo largo del país, antes de hacerlo en las Asambleas Nacionales, que tenían lugar en Santiago, tanto para proponer proyectos de ley (sobre economía y sobre educación), como proyectos de Constitución Política del Estado.

Durante el período 1823-1828, las instancias coordinadoras del proceso popular constituyente fueron las “asambleas provinciales de pueblos libres” (había una en Concepción y otra en Coquimbo, cuando en Chile había sólo tres provincias formales). Durante el período 1918-1925, la instancia de coordinación fue un “Comité Obrero” (que incluía también a profesores, estudiantes, empleados y profesionales) que se formó en Santiago.

En ambos casos, por tanto, como hubo primero un período de reflexión constituyente en asambleas de base, se llegó a la Constituyente Nacional con propuestas definidas, que sólo necesitaban ajuste y afinamiento. No se puede llegar a una asamblea de ese tipo sin propuestas ya deliberadas y acordadas por la base. O sea: sin mandatos. Esas propuestas o mandatos deben acordarse localmente con anticipación, se envían luego a la instancia coordinadora y el papel efectivo de la Asamblea misma consiste, por tanto, en deliberar acerca de cómo integrar esas propuestas y darles una forma definitiva. Por tanto, el papel específico de la Asamblea consiste en organizar un sistema de deliberación que garantice orden,  disciplina y medios para que sea una sesión de trabajo (no un chivateo) que llegue a conclusiones precisas y en el menor tiempo posible. Es fundamental, pues, discutir y acordar en la primera sesión de la Asamblea, primero que nada, lo que en 1925 los trabajadores, profesores y estudiantes llamaron “Reglamento de Sala”, es decir: un conjunto de normas y procedimientos para organizar la sesión de una manera realmente productiva. Entre estos procedimientos (puede variar de una asamblea a otra) están: a) elegir la Mesa Directiva de la Asamblea; b) acordar la distribución de los representantes en un cierto número de Grupos de Trabajo, tantos como sean los temas más relevantes; c) asignar tiempos y horarios de sesión para cada grupo; d) intercalar sesiones plenarias breves para discutir más relajadamente temas de interés general (por ejemplo, en 1925 se discutió en plenario el tema de la participación de la mujer); e) organizar secretariados que vayan comunicando al plenario y al exterior (prensa, etc.) los avances de cada Grupo de Trabajo; f) organizar una gran sesión plenaria para que cada Grupo comunique sus acuerdos (con votos de mayoría o minoría, según el caso);  g) organizar una gran sesión final para acordar los parámetros centrales de la nueva Constitución, y h) designar una ‘comisión redactora’ del texto final, y una ‘comisión permanente’ (que puede ser la misma Mesa Directiva): la primera redacta el texto final y lo pasa a las bases para su consideración y/o aprobación total, o, si las bases hacen sugerencias de importancia, la segunda comisión (la permanente, o la Mesa Directiva) discute y decide realizar o no los cambios que se proponen, pero dentro de ciertos límites que se fijan previamente. No es necesario que se convoque a un plebiscito final a toda la nación, puesto que ha habido deliberación democrática desde lo local a lo nacional, pasando por lo regional.

Como en todo momento las asambleas de base son soberanas, si éstas lo estiman necesario, además de acordar el mandato y elegir el representante que debe ‘defender’ ese mandato, pueden mandar a la Asamblea Nacional – cuando ésta está aun sesionando – una “representación por escrito”, para reforzar su mandato original, o cambiarlo en algún aspecto específico. Estos textos escritos deben leerse en sesión plenaria, cuando corresponda.

Es de interés considerar que a las sesiones constituyentes de las asambleas de base (previas a la Asamblea Nacional) se debería invitar a toda la comunidad real (viejos, jóvenes, casados, solteros, hombres, mujeres, niños y a todos los actores sociales: profesionales, comerciantes, empresarios, policías, detectives, militares, etc.), sin exclusión. Todos en su calidad de vecinos y componente de una comunidad territorial de vida. O sea: como ciudadanos. No se le puede negar a nadie su derecho a expresar su opinión, su interés o sus convicciones. Solamente a los que van como “partido político”, como “ejército” o como “gremio patronal” se les puede negar su participación, pero en tanto que ‘clase’, ‘gremio’ o ‘partido’, no como ‘ciudadanos’.

La Asamblea Constituyente, como tal, delibera y acuerda, sobre todo, los parámetros y principios fundamentales del nuevo orden político, no su detalle (esto daría lugar a una serie inacabable de sesiones, en circunstancia que una asamblea de este tipo no puede ni debería deliberar por más de una semana, o quince días a lo más). El detalle puede incluir: a) una definición precisa de cuánto se puede mantener de las leyes y normas de la Constitución vieja, pues pueden ser coherentes con los nuevos fundamentos; b) dejar al futuro Congreso Legislativo (o Asamblea Popular) la tarea de dictar las “leyes orgánicas” que conviertan en institución, norma, código o reglamento las definiciones básicas contenidas en los nuevos fundamentos y c) tomar conciencia que el proceso constituyente no termina con la realización de ‘la’ Asamblea Constituyente, puesto que continúa en un proceso legislativo que puede tomar un tiempo bastante mayor. Las asambleas de base deben seguir atentas a este segundo proceso, pues aquí los leguleyos pueden distorsionar los principios y fundamentos constituyentes acordados.

Por ejemplo, se puede acordar en la Asamblea que la educación debe implementar tres principios fundamentales: a) gratuidad de la educación pública; b) que la comunidad oriente, administre y evalúe el proceso educativo, y c) que la educación debe dirigirse, sobre todo, a desarrollar el sentido de soberanía de los jóvenes y las capacidades necesarias para ejercer esa soberanía en un sentido productivo y de desarrollo real de la localidad, la región y el país. Estos principios generales deben implementarse en la práctica para que no sólo funcionen bien, sino que, además produzcan el desarrollo global que se espera de ellos, y esto significa detallar en terreno cómo asegurar eso: tipo de financiamiento, tipo de edificios, tipo de profesores, programas escolares, participación de la comunidad, etc. Esto puede dejarse como tarea a los ‘legisladores’, pero, sobre todo, es una tarea que ya deberían haber planteado y practicado, desde antes, las propias comunidades de base. No se puede dejar esa tarea a la pura ‘iniciativa’ de los futuros legisladores: hay que tener la especificidad y la práctica de lo que se propone ya probado y experimentado, de modo que a esos futuros legisladores le demos mandatos específicos y no nuestra leal ‘confianza’ para que ellos hagan bien lo que nosotros deberíamos haber probado  y demostrado  antes. Lo mismo vale para otros temas de importancia: salud, producción, medio ambiente, etc.


7
Temas y fundamentos constitucionales históricos


Para este tema específico, ver el texto “Premisas históricas para una eventual y nueva Constitución Política para Chile”, que corresponde al Capítulo VII del libro de Gabriel Salazar: Movimientos sociales en Chile: trayectoria histórica y proyección política (Santiago, 2012. Editorial Uqbar), pp. 445-450.

MCAD Informa

martes, 23 de julio de 2013

Comunicado Público de oposición al proyecto Octopus

23 de Julio de 2013 a la(s) 17:41



Por el presente comunicado, las organizaciones sociales, culturales, sindicales, vecinales y estudiantiles integrantes de la Coordinadora Comunal de Tomé de oposición al proyecto transnacional Octopus declaran:

Hace un par de meses las empresas transnacionales Australis Power y Cheniere Energy ingresaron al Servicio de Evaluación de Impacto Ambiental un Estudio para ser sometido a los correspondientes requisitos legales y técnicos que le otorguen aprobación a su proyecto. El denominado proyecto “Octopus” consiste en un terminal marítimo de recepción y almacenamiento de gas natural que será emplazado en plena bahía de Concepción, específicamente en Lirquén, cuya plataforma afectará gravemente el entorno natural y humano. A través de un gasoducto se transportará el gas natural hacia la comuna de Bulnes, en la cual se pretende emplazar a su vez una central Termoeléctrica que se alimentará del gas inyectado desde la bahía. A grandes rasgos los efectos nocivos de Octopus en la bahía serán: contaminación de las aguas, fauna marina, peces, algas, etc producto del agua clorada que emitirá en su proceso la terminal. Se alterará el paisaje marino, se afectarán las fuentes de trabajo dependientes del mar (pescadores, restoranes, turismo, comercio, consumo de producto del mar, etc); y se provocarán severos daños a la salud humana: abortos, cáncer, trastornos mentales, disrupción endocrina, entre otros efectos.

Ante esta amenaza que se cierne sobre nuestra apacible bahía, las comunidades organizadas del borde costero han tomado la iniciativa de construir la necesaria fuerza social popular capaz de encarar a este monstruo empresarial. A través del ejercicio de mirarnos las caras y de reunirnos para debatir y tomar decisiones fraternamente como Pueblo Organizado, hemos confluido en un espacio territorial de oposición a este proyecto, en donde se ha gestado un claro horizonte estratégico de lucha, solidaridad y concientización. Invitamos a los tomecinos a informarse y discutir en sus hogares y barrios este tema. Invitamos a los tomecinos a organizarse y construir un sólido movimiento territorial capaz de defender nuestro derecho a vivir en un medio ambiente libre de contaminación. A través de pequeños actos de resistencia, invitamos al Pueblo de Tomé a sumar, sumar y sumar fuerzas, pero sobre todo a sumar la convicción de que no hay victoria sin una gran lucha. Declaramos con dignidad la decisión de luchar contra esta transnacional, entendiendo que ni en los salones del parlamento, del municipio o de la institucionalidad o la legalidad ambiental están las respuestas a nuestros problemas: sólo la fuerza y la masividad del Pueblo Organizado democráticamente en torno a sus legítimos sueños, anhelos e intereses será capaz de decidir el tipo de desarrollo que quiere. Hoy por hoy tanto el Estado y la legislación son abiertamente aliados de este tipo de proyectos, permitiendo el saqueo ambiental y económico, dejando a nuestro país con las manos vacías. Hay que decirlo sin tapujos: este neoliberalismo salvaje es responsable de esta situación, y aunque se avecina un “año electoral” no depositamos nuestra confianza en la misma deslegitimada y poco representativa casta política que dicta las leyes que nos oprimen. Esa es nuestra convicción, esa es nuestra decisión; pero no la hemos tomado solos: somos una marea de trabajadores, pescadores, artistas, pequeños comerciantes, profesionales, pobladores, estudiantes secundarios y universitarios que han dicho basta, y han echado andar por la senda de defender lo nuestro.

 Saludamos fraternamente a los compañeros de Penco, Lirquén, Talcahuano y Bulnes, quienes hoy nos acompañan en este camino de ejercer soberanía popular.

Porque somos mayoría, porque somos dueños de nuestro destino, porque creemos en una Sociedad Nueva y armónica con la Naturaleza para nosotros y nuestros hijos:

¡TODOS JUNTOS A ORGANIZARNOS PARA LUCHAR, Y LUCHAR PARA VENCER! ¡FUERA OCTOPUS, FUERA TRANSNACIONALES DE LA BAHÍA! ¡SÓLO EL PUEBLO DEFIENDE AL PUEBLO!



Coordinadora Comunal Tomé NO A OCTOPUS, movimiento socioambiental del borde costero, julio de 2013


MCAD Informa